Ermitas de Ayala


En Ayala contamos con varias ermitas dedicadas al culto de la Virgen. Las 3 más conocidas son: Nuestra Señora de Etxaurren en Menoyo, Nuestra Señora de las Nieves en Quejana y Nuestra Señora de la Blanca en Llanteno.

La devoción a la Virgen de Etxaurren, considerada por muchos como la patrona de Ayala, no tiene un origen claro, pero hay constancia de que la imagen original era del siglo XIV, así que se cree que la ermita existe por lo menos desde esa época.

El actual edificio fue construido hacia el año 1600 y sufrió una completa restauración partir de 1770, ya que estaba casi en ruinas. Debido a su construcción sencilla, casi sin cimientos y a su exposición a los fuertes vientos del sur, las obras de reparación han sido constantes y, aún hoy, son necesarios continuos arreglos para que la ermita se mantenga en buen estado.

Antiguamente eran 3 los días especialmente festivos en los que se hacía rogación a Nuestra Señora de Etxaurren: el 25 de abril, San Marcos; en mayo, la antevíspera de la Ascensión; y en junio, en víspera de San Juan. El día de San Marcos, la procesión partía de la parroquía de Quejana y se caminaba hasta Etxaurren cantando la letanía de los Santos. Era costumbre que desde los pueblos de alrededor se llegase en procesión a la ermita con el cura a la cabeza y que celebrasen la misa según iban llegando, habiendo un interés especial por cada pueblo en ser los primeros en llegar.

En la actualidad, la fiesta de la Virgen se organiza el 8 de septiembre y el domingo que queda más próximo a esa fecha. Hay misas todos los primeros sábados de mes y se hacen algunas celebraciones particulares como bodas, bautizos o comuniones.

La ermita de Nuestra Señora de las Nieves y Santa Lucía es el resultado de la unión de 2 ermitas anteriores existentes en Quejana. Debido a su mal estado fueron derribadas y con sus restos se edifico la existente actualmente, la cual se acabó de construir en 1730.

Se trata de una ermita pequeña en comparación con las otras 2, de una sola nave presidida por un retablo barroco con la imagen de Nuestra Señora de las Nieves en el centro y en la parte alta la imagen de Santa Lucía.

La fiesta en Honor de la Virgen de las Nieves se celebra el 5 de agosto y existe la tradición de llevar la Virgen a la parroquia para devolverla en procesión a la ermita. Antiguamente eran las mujeres solteras del pueblo quienes transportaban la imagen.

La ermita de Nuestra Señora de la Blanca parece tener su origen en el siglo XIII. La tradición cuenta que hubo discusiones entre los de Menagaray y Llanteno sobre el lugar en el que debía construirse la ermita y que los materiales preparados por los de Menagaray aparecían en Llanteno.
Como era costumbre, la ermita ha recibido numerosas donaciones a lo largo de la historia, incluso desde América. Era costumbre ofrecer a la Virgen el peso de los niños en grano. Todas estas donaciones sirven para mantener y hacer reparaciones en el santuario. A partir de 1708 se hizo una obra tan importante, que cuando finalizó en 1712, la ermita fue bendecida de nuevo.

En cuanto a la actividad eclesial, antiguamente se hacían rogativas los 3 días anteriores a la Ascensión. El lunes se hacía procesión por detrás de la iglesia. El martes se iba de la iglesia hasta San Román en rogativa, el miércoles se subía a la Blanca; por el camino se rezaba el rosario y la letanía para que hiciera buen año. El día de la Blanca era el de la festividad de san Justo. Se subía a la ermita y se hacía misa por la peste que había asolado Llanteno, también acudían los de Retes de Llanteno. Los pueblos de Menagaray y Retes de Llanteno tienen promesa de acudir todos los años por haber sido liberados de una peste que llegó hasta Beotegui. En la actualidad, el día de la fiesta es el 6 de agosto, pero también suelen celebrarse misas en diversas festividades de la Virgen.


Iñigo Ortiz de Retes: El ayalés que le puso nombre a Nueva Guinea

Los ayaleses no se han caracterizado por ser grandes navegantes. Sin embargo, como en todo, siempre hay alguna excepción. En este caso, la excepción es Iñigo Ortiz de Retes, quien participó en la exploración y conquista del Pacífico en el siglo XVI.

Nuestro personaje nació en Retes de Llanteno, posiblemente a principios del siglo XVI, y era hijo de Iñigo Ortiz de Retes y María Sánchez. Esto es todo cuanto sabemos sobre su vida personal. Uno de los cronistas de su aventura por el Pacífico, fray Jerónimo de Santisteban, retrata brevemente a Retes: «un honrado hidalgo de corazón y obras, hombre animoso y trabajador.»

Este ayalés comenzó su andadura en América. En 1538, embarcó rumbo a las Indias con el adelantado Pedro de Alvarado, gobernador de Guatemala, con quien permaneció hasta que murió. En 1541, cuando ya tenía preparados tres barcos para partir hacia las Molucas, Alvarado acude a Nueva Galicia a reducir una sublevación de los indios Palisqueños y muere en el altercado.

Ruy López de Villalobos, por encargo del Virrey Antonio de Mendoza, se hace cargo del proyecto de Alvarado de establecer bases españolas en las tierras de Poniente y de trazar una ruta fiable de regreso desde las islas orientales a la costa americana del Pacífico.

El 1 de noviembre de 1542, la expedición, formada por seis naos y 370 hombres entre marineros y soldados, además de algunos funcionarios, cuatro religiosos agustinos y otros cuatro clérigos, partió del puerto de Juan Gallego en bahía Navidad, en el actual estado mejicano de Jalisco. Villalobos es el Capitán General de la Armada e Iñigo Ortiz de Retes es el Alférez General. Posteriormente, tras la muerte de Francisco Merino en Mindanao, es nombrado Maese de Campo.

Después de hacer escala en diversas islas que encontraron en su travesía, algunas descubiertas por primera vez y otras redescubiertas, llegaron el 2 de febrero de 1543 a las islas Filipinas, que hasta ese momento se conocían como islas de Poniente y que fueron rebautizadas por la expedición en honor del príncipe Felipe, futuro Felipe II.

Tras muchas vicisitudes, relatadas por el miembro de la tripulación García de Escalante Alvarado en la crónica “Relación del viaje que hizo desde Nueva España a las Islas de Poniente Ruy López de Villalobos por orden del Virrey Antonio de Mendoza”, Villalobos tomó la decisión de enviar a Iñigo Ortiz de Retes, al mando de una de las naves, de vuelta a Nueva España a pedir ayuda al virrey. Comienza entonces la gran aventura por los Mares del Sur de este ayalés.

El 16 de mayo de 1545, Ortiz de Retes y su tripulación parten de Tidore a bordo de la nao San Juan de Letrán. En su viaje avistan diversas islas: en primer lugar llegan a las islas Talaud, seguramente ya descubiertas por la expedición de García Cofre de Laysa en 1527; el 15 de junio se avistan dos islas nombradas como la Sevillana y la Gallega y un grupo de islas bautizadas como Mártires; al día siguiente navegan por las islas Padaido, donde fueron atacados por los indígenas. De aquí prosiguieron rumbo al sur llegando al día siguiente a una pequeña isla bautizada como la Ballena.

Tres días después hallaron la desembocadura de un río, que llamaron San Agustín (hoy llamado Mamberano), donde desembarcaron para reaprovisionarse. De esta forma, el 20 de junio de 1545, Iñigo Ortiz de Retes tomaba posesión para el imperio español de Nueva Guinea, la isla más grande del mundo después de Australia y Groenlandia.
García de Escalante lo cuenta así:

“…Sábado, a veinte del mes, surgieron en la isla grande, y allí tomaron agua y leña, sin contradicción de nadie, por ser allí despoblado. Tomó el Capitán la posesión de esta isla por Vuestra Señoría. Púsole nombre la Nueva Guinea. Todo lo que costearon de esta isla es tierra muy hermosa, al parecer, y tiende a la mar grandes llanos. En muchas partes y por la tierra adentro muestra ser alta, de una cordillera de sierras de alboredo, al mar el arcabuco y en otras partes pinos salvajes, y las poblaciones eran llenas de palmeras de cocos…

Al parecer Ortiz de Retes le puso el nombre de Nueva Guinea porque el color oscuro de los indígenas le hizo recordar la Guinea africana.

Tras avituallarse y descansar, la nave se hace de nuevo a la mar y siguen descubriendo islas en su errático deambular debido a los vientos cambiantes y a las corrientes que les impedían viajar hacia levante como era su propósito. A finales de agosto, y presionado por los oficiales y la tripulación, Ortiz de Retes se ve obligado a rendirse y poner rumbo de vuelta a Tidore, a donde llega el 3 de octubre de 1545, cuatro meses y medio después de partir.

Una vez reunidos con el resto de la expedición, Villalobos tuvo que admitir la ayuda de los portugueses instalados en la zona, quienes le propusieron volver a la península en sus barcos por la ruta del Índico y el Atlántico. Sin embargo, aún tardarían dos años en regresar. De hecho Villalobos no volvió. Murió en 1546 en la isla de Amboine de fiebres palúdicas. García de Escalante dice que sólo 144 supervivientes de la expedición llegaron a Lisboa en agosto de 1548, entre ellos Iñigo Ortiz de Retes. El 10 de octubre de 1548 se le da licencia para pasar a Indias acompañado de un curioso séquito compuesto por dos criados, cuatro esclavos negros y un natural de China. Algunas fuentes indican que en 1550 era nombrado corregidor de Pochuatla y Tenameca.

En general, se considera que esta expedición fue un fracaso. Y bien es cierto que no cumplió el objetivo de dar con una ruta de vuelta a América, la cual todavía tardaría algunos años en encontrarse gracias a la expedición de otro vasco: Urdaneta, y que también se vivió como una deshonra la vuelta de los supervivientes en barcos portugueses. Pero hay que tener en cuenta que los descubrimientos no fueron tan insignificantes y que se exploró un amplio territorio, siendo el mayor logro de esta empresa la exploración y la posesión de Nueva Guinea que añadió al imperio español alrededor de 800.000 km2.

A Iñigo Ortiz de Retes y su gente corresponden los siguientes descubrimientos: islas de Numfoor y de Mios Num [hoy Num], en el archipiélago occidental de Schouten, sobre la bahía de Geelvink; isla de Kurudu [hoy Kaipuri], entre Yapen y Nueva Guinea; río Mamberamo, en la misma «isla grande»; islas de Liki y Armo, en el grupillo de Kumamha, islas de Insumoar, Masi-Masi y Yamna, en el grupo de Wakde; el grupo insular de Podena, Yarsun y Anus; las islas de Tendanye, Valif, Kairuru y Unei, a levante de las anteriores; Punta Lapar, en tierra firme neoguineana; islas de Vokeo, Koil, Blupblup, Kadovar y Bam, integrantes del grupo Schouten oriental; islas de Wululi y Aua, al oeste del grupo Ninigo; punta Murugue, islilla de Besar y rada de Ataipe, en la costa de Nueva Guinea, y las islas de Awin y Sumasuma, en el citado grupo Ninigo.
GONZÁLEZ OCHOA, José Mª: “El marino alavés Iñigo Ortiz de Retes”. Itsas Memoria. Revista de Estudios Marítimos del País Vasco, nº 5. Untzi Museoa-Museo Naval. Donosita-San Sebastián, 2006. Pág. 677-684.
ESCALANTE ALVARADO, García de: “Relación del viaje que hizo desde Nueva España a las Islas de Poniente Ruy López de Villalobos por orden del virrey Antonio de Mendoza”. Estudio preliminar de Carlos Martínez Shaw. Universidad de Cantabria. Santander, 1999.
ARCHIVO GENERAL DE INDIAS

Una historia de genios

Los genios, que en algunos lugares dicen que tienen aspecto de insectos y en otros que son pequeños hombrecillos que van vestidos con unas calzas rojas, son unos personajillos capaces de los mayores portentos y que ayudan a aquél que los posee. Lo mismo pueden hacer que una yunta de bueyes gane una apuesta de arrastre, que pueden arar un campo en un abrir y cerrar de ojos o incluso trasladar a su dueño a largas distancias. Sobre estos seres mágicos hay una leyenda centrada en el pueblo de Añes que es la siguiente:
En Añes vivía un hombre que era tenido por brujo. Su casa estaba un poco apartada del pueblo y nadie se acercaba por allí a menos que tuviese una buena razón para hacerlo. Todo el mundo le temía pues era capaz de acabar con una buena cosecha o de desaparecer durante varios días y volver inesperadamente trayendo de los países más lejanos objetos o pócimas que luego utilizaba para su magia.
Durante muchos años hubo una cierta armonía entre los habitantes del lugar y el brujo; los lugareños para tenerlo contento le ofrecían provisiones y leña para el fuego. Pero, con el tiempo, el brujo fue convirtiéndose en un ser ambicioso y desagradable. Empezó a exigir más y más cosas. Si un día veía un caballo que le gustaba se lo pedía al dueño bajo la amenaza de hacer morir a todos los animales de su cuadra... Otro día se encaprichaba de un jamón colgado en alguna cocina o de una barrica de buen vino...
Los habitantes del pueblo soportaban su tiranía porque no convenía tenerlo por enemigo. Pero cada vez era más difícil contentarle y sus rabietas iban en aumento.
Todo hubiese seguido igual si, un día, el temido brujo no hubiese decidido casarse. mandó un recado al alcalde diciéndole que deseaba elegir esposa y que, por lo tanto, le tuviese preparada una muchacha para el día siguiente. En caso de que no se atendiese su petición, destruiría el pueblo.
Ante tal amenaza, el alcalde no tuvo más remedio que elegir a una joven del lugar llamada Grazia. Ésta era una joven muy alegre, guapa y, además inteligente. No estaba dispuesta a casarse con el brujo por nada del mundo pero tampoco quería que le ocurriese nada al pueblo.
No sabiendo como solucionar el problema, aquella noche se acercó cautelosamente hasta la casa del brujo y se puso a mirar por la ventana. El brujo se encontraba trabajando una de sus mezclas. Echaba hierbas y polvos en una gran olla y luego lo revolvía todo con un gran palo. Estuvo así durante mucho tiempo, pero al intentar retirar la olla del fuego, no pudo hacerlo. Entonces cogió una hoz que tenía encima de la mesa y, al soltar el mango salieron de él cuatro hombrecillas vestidos de rojo que se pusieron a dar saltos mientras decían:
- ¿Qué quieres que hagamos? ¿Qué quieres que hagamos?
- Retirad la olla del fuego -les contestó el brujo.
Ante el asombro de Grazia, los cuatro enanillos cogieron la enorme olla y la retiraron del fuego.
- ¿Y ahora que quieres que hagamos? -volvieron a preguntar
El brujo los puso en la palma de la mano y contestó:
- Ahora nada, queriditos. No sé lo que haría sin vosotros... Si supieran en el pueblo que vosotros sois mi magia... Ja, ja, ja... pero... ¡nunca lo sabrán! Si mañana no me han elegido una novia, os mandaré para que destruyáis el pueblo, asoléis los campos y matéis todos los animales... Y ahora, meteos en el mango de la hoz.
Así lo hicieron los cuatro geniecillos y el brujo apretó el mango a la cuchilla. luego apagó la luz y se fue a dormir.
Grazia estuvo durante un largo tiempo quieta, sentada debajo de la ventana, pensando. Tomó la determinación de robar la hoz y, con mucho cuidado abrió la ventana y se metió en la casa. Se acercó a la mesa y cogió la hoz. Entonces los geniecillos empezaron a gritar:
- ¡Amo! ¿Eres tú? ¿Que quieres que hagamos?
Grazia salió corriendo de la casa con la hoz en la mano, pero el ruido que hizo y los gritos de los geniecillos despertaron al brujo que, al darse cuenta de lo que ocurría, saltó de la cama y empezó a perseguirla. Grazia corría y corría pero el brujo corría más deprisa.
- ¡Devuélveme la hoz! -gritaba.
Grazia, deseperada, veía como el brujo se le iba acercando y ya estaba tan cerca que la muchacha se paró en seco y con todas sus fuerzas lanzó la hoz que fue a caer al camino de piedra. La hoz rebotó tres veces y el mango se rompió. Al instante salieron los cuatro geniecillos y desaparecieron.
El brujo se detuvo. Empezaba a amanecer.
- ¡Desgraciada! ¿qué has hecho? -dijo con una voz muy débil.
Grazia se volvió a mirarle. ¿Era cierto lo que estaba viendo? ¡El brujo estaba desapareciendo! En pocos segundos sólo quedó de él la túnica. Grazia fue corriendo hasta el pueblo y contó lo ocurrido. Se formó una cuadrilla para ir a investigar pero cuando llegaron al lugar donde se encontraba la casa del brujo no encontraron nada. Todo había desaparecido.
Durante muchos años los habitantes de Añes intentaron apoderarse de los geniecillos dejando un mango de hoz encima de un zarzal en la noche de la víspera de San Juan. Pero, que nosotros sepamos, todavía nadie lo ha conseguido.
Historia escrita por Toti Martínez de Lezea a partir de una leyenda recogida por José Miguel de Barandiaran