El euskera en Luyando

Luyando fue el último pueblo del municipio de Ayala en el que se habló euskera.
Ayala, al igual que el resto de Álava, perdió el uso del euskera tempranamente. Su cercanía y continuo contacto con Castilla y, posteriormente, la llegada de maestros y curas que no conocían este idioma o no consideraban útil el usarlo, parecen ser las principales causas de la desaparición de la lengua vascongada en nuestra zona.
Esta pérdida se produjo en primer lugar en la zona más en contacto con el pueblo de Angulo y el valle de Mena (Sojo, Añes, Lejarzo...), como lo demuestra la escasez de toponimia en euskera, y fue avanzando hacia el noroeste.
En Luyando, según se deduce del testamento de Francisco de Arana y Andraca, en 1734 todavía la mayor parte de la población habla en vascuence e ignora el castellano, motivo que le lleva a enviar al pueblo un "sacerdote bascongado" para que explique la doctrina cristiana en este idioma.
Sin embargo, a comienzos del siglo XIX la situación ha cambiado totalmente. En 1806 se da una sentencia del Provisor de Calahorra, confirmada posteriormente por los Provisores del Arzobispado de Burgos, por la que se favorece la utilización del castellano en la predicación, lo que induce a pensar que es esta lengua la que predominaba en Luyando en ese momento, aunque todavía se mantiene el euskera en algún caserío por lo menos hasta principios del siglo XX. En 1950 se constata un hablante de euskera.
Posiblemente la causa de que esta lengua se mantenga en Luyando más tarde que en el resto de Ayala esté en su cercanía y contacto con zonas euskaldunes (Llodio, en especial su barrio de Gardea, y Orozko).
Datos para la historia del euskera en Luyando-Ayala. José Iturrate y Ricardo Uzquiano. Boletín de la Institución Sancho El Sabio

Los límites de Ayala

Los límites geográficos del valle alavés de Ayala y del burgalés de Losa están indicados por las cumbres de la Sierra Salvada; sin embargo, los términos jurisdiccionales de Ayala avanzan considerablemente por la vertiente meridional de aquellas montañas, no sin que la protesta de los losinos se haya manifestado con frecuencia en actitudes violentas y pleitos ruidosos, originados por el no disimulado encono que en ellos producía el dominio que sus vecinos se atribuían de los sabrosos pastos que se producen en la zona litigiosa.
Allá, a comienzos del siglo XV, se manifestó una vez más el empeño de los burgaleses de arrebatar a las aldeas de Ayala la pacífica posesión de tales terrenos; alentábales a ello un cierto conde, cuyo nombre no ha recogido la posteridad, que residía en Villaño. Acaudillaba a los ayaleses el bravo Conde de Salazar, D. Tristán de Orive Salazar, señor de la casa-torre de Sojo, quien propuso a su rival que la solución de las añejas cuestiones que dividían a losinos y ayaleses quedase confiada a una lucha hípica, en la cual habían de contender ambos condes, montados en fogosos caballos; consistiría la pugna en rodear la Sierra, jalonándola en determinados parajes con hitos que señalarían para siempre los términos respectivos de los dos valles.
Aceptada esta fórmula por el prócer villañés, pudo D. Tristán recorrer a su antojo cuanto terreno quiso y apoderarse de él, sin tropezar con su adversario; el recorrido habría de hacerse en un día solar, y salió de mañana el señor de Sojo, acompañado de su escudero; dejó a la izquierda el frecuentado paso del Aro y rebasó las cumbres de la cordillera, penetrando por el portillo de Labate; siguió luego el contorno de los riscos hasta llegar a Lobera y allí fijó el primer mojón; continuó su ruta, y sin detenerse en el llamado Salto del Agua, se dirigió al pozo de Mandagoa y luego a Costantiego y al pozo de Calderón; en los tres lugares dejó señales de su paso; marchó por la ladera de Gustillas, donde hincó un hito y en línea recta avanzó hasta lo que hoy se llama el Mojón Alto y allí plantó el último, en punto confinante con jurisdicción vizcaina. Fatigado el caballo que montaba D. Tristán, emprendió éste su regreso, dirigiéndose a Villaño, donde, a la sazón se hallaba su rival, tan descuidado, al parecer, como las viejas de Abornícano y Goizueta.
Pero no; el conde losino había tomado sus previsiones, que le resultaron fallidas. Apostó hombres armados, hasta el número de treinta, en la subida del Aro para impedir la entrada de los ayaleses en la Sierra; pero como ya se ha dicho, D. Tristán no tomó aquel camino, sino el de Labate, burlándose así, aunque acaso sin pretenderlo, de la maniobra urdida por su enemigo; mas si a él no pudieron matar los asalariados del prócer burgalés, despeñaron a tres pobres alaveses que tuvieron la malhadada ocurrencia de pasar por aquel sitio. Este triple asesinato costó a los de Losa fuerte multa, con cuyo importe se hizo una fundación de misas que habían de celebrarse en el Convento de Dominicas de Quejana. Se me dice que su número ha sido reducido recientemente por el señor Obispo de Vitoria, a causa de lo bajo del estipendio y de la carestía actual de la vida; he procurado comprobar este dato, pero no me ha sido posible; no desconfío de conseguir alguna vez lo que ahora no he logrado y entonces quizá sea fácil averiguar lo que de cierto e histórico haya en lo que hoy no tiene otro alcalce que el de una tradición.
Bonifacio de Echegaray Corta. Revista Internacional de los Estudios Vascos (1927)

Ayaleses en Madrid

Numerosos ayaleses se vieron obligados, en tiempos pasados, a emigrar. Su principal destino era América, pero hubo otro lugar que también les atrajo: Madrid, la capital del reino, la cual ofrecía importantes ventajas.

La emigración de los ayaleses a Madrid es, sin embargo, distinta en algunos aspectos a la de ultramar. A esta ciudad llegaron más mujeres que hombres (habitualmente solteras que entrarán a formar parte del servicio doméstico madrileño), además los varones presentaban una cualificación profesional más variada que los que se embarcaban hacia América.
En otros aspectos, la emigración seguía las mismas pautas que hacia otros lugares. Normalmente el joven emigrante viajaba a la capital contando con la ayuda de algún pariente o paisano ya establecido, que le proporcionaba su primer trabajo y, con mucha frecuencia, también la vivienda.
De los pueblos de Ayala: Luyando, Llanteno, Menagaray, Respaldiza y Murga fueron los principales suministradores de emigrantes a Madrid, muchos de los cuales envejecieron en esta ciudad. Allí lograron alcanzar una posición social, fundar una familia mediante un matrimonio cuyo otro contrayente no solía ser originario del país Vasco, e integrarse plenamente en la sociedad madrileña.
No obstante, la memoría de la "patria chica" se mantuvo viva entre ellos gracias a la congregación de San Ignacio (fundada en 1713 con carácter benéfico-religioso y que servía de punto de unión de los vascos de las 3 provincias residentes en Madrid) y, sobre todo, a la relación que siguieron manteniendo con la familia que quedó en la localidad de origen. Eran frecuentes los legados hechos en testamento a favor de personas e instituciones de aquí. Por otra parte, casi todos los emigrados que consiguieron acumular una cierta riqueza compraron bienes en su lugar de origen.
Los censos de población de Madrid entre mediados y finales del siglo XIX nos hablan de la presencia de entre un 50 y un 60 % de inmigrantes. Durante el siglo XVIII, la mayor parte de ellos provenía de la zona centro-norte (País Vasco, Santander, Burgos y La Rioja). En el siglo siguiente su número desciende. Ahora bien, a pesar de la menor presencia genérica de vascos, al analizar la composición de los hombres de negocios, se observa que en torno a un 34 % eran vascos.
El sector mercantil estaba dominado por negociantes de origen francés y los vasconavarros, y dentro de este grupo destacó el llamado "grupo de Llanteno", un conjunto de familias y casas de comercio que, provenientes de diferentes localidades del valle de Ayala, se habían asentado en Madrid desde mediados del siglo XVIII y que llegaron a formar un grupo de alta influencia en la vida madrileña, aunque con el tiempo se unieron a él personas del valle de Mena, Santander y Las Encartaciones. Utilizando básicamente los lazos familiares, de parentesco y paisanaje consiguieron que un alto número de familias y personas que provenían de unos territorios que nunca habían destacado por sus expectativas o por sus características mercantiles alcanzaran el éxito.
Algunos de los ayaleses que consiguieron reunir una gran fortuna en Madrid son:
Antonio de Landaluce (Olabezar): Llegó a Madrid en 1775 colocándose como mozo de labranza en la hacienda de Juan Antonio de Zabala (un navarro propietario y secretario del Consejo Supremo de la Inquisición) gracias a los contactos de José Mª de Villodas y Lezama (natural de Respaldiza), miembro del Consejo Real. Landaluce recibió 6.000 reales cuando Zabala murió, y a la muerte de su viuda entró en posesión de toda la fortuna al haber sido nombrado heredero único y universal. Posteriormente ampliaría su fortuna y, al no terner descendencia llamó a su lado a varios sobrinos de Ayala, entre ellos Estanislao de Urquijo, futuro I Marqués de Urquijo.
Los hermanos Acebal y Arratia: Nacidos en Menagaray en 1795 y 1799, llegados a Madrid sin haber cumplido los 11 años. En 1850 declaraban ser propietarios y vivían en la calle Embajadores con 6 sirvientes. Sus 3 hermanas: Mª Sandalia, Ramona y Paula estaban casadas respectivamente con el propietario boliviano Usoz i Río, un militar retirado y propietario de apellido Muñoz de Larrainzar y el senador Huet. Francisco, el mayor de los hermanos fue alférez de la Milicia nacional de Caballería y secretario de la Sociedad Patriótica "Amantes del Orden Constitucional", Diputado provincial en madrid en 1836 y vicepresidente de su consejo provincial a partir de 1845, llegando incluso a ejercer interinamente de jefe político de Madrid. Fue elegido senador por Álava en 1843, reelegido al año siguiente y nombrado senador vitalicio en 1845.
Domingo de Norzagaray (Llanteno): Emigró a principios del siglo XIX a la Corte. En 1814 estaba establecido en Aranjuez dirigiendo un comercio de tejidos al por mayor valorado en algo más de 400.000 reales. Entre 1823 y 1833 comenzó a dar crédito a los círculos mercantiles de Madrid iniciando una larga relación con otras casas financieras madrileñas.
Norzagaray, como muchos otros, se favoreció en el aumento de sus riquezas gracias a su incorporación al círculo político de Mendizabal. Como poseedor de un número elevado de títulos de deuda pública, pudo enriquecerse intercambiándolos por propiedades rústicas y urbanas en la desamortización de 1836-1841. Entre 1842 y 1847 llegó al máximo de su fortuna. Y, aunque la crisis de 1848 le afectó gravemente como a otros muchos, al morir en 1856 su caudal ascendía a algo más de 26 millones de reales.
Sin embargo, el patrimonio de Norzagaray fue ampliamente superado por el que logró acumular 30 años más tarde Estanislao de Urquijo. Nacido en Murga en 1816, después de vivir con un tío suyo en Llodio, emigró a Madrid a casa de su tío Antonio de Landaluce. Éste le colocó en la tienda de telas de Martín Francisco de Erice, con cuya hermana acabó casándose. En 1832 consiguió una plaza de agente de cambio y bolsa. En 1849 pudo abrir su propia sociedad financiera y para 1854 se había convertido en el principal banquero del Marqués de Salamanca. Mantuvo una relación muy estrecha con los Rostchild y su patrimonio creció hasta convertirse en el hombre más rico de España. Cuando murió en 1889 su patrimonio era de 48 millones de pesetas.
Los vascos en Madrid a mediados del siglo XIX/Estíbaliz Ruiz de Azua